Una de las funciones sustantivas de los museos públicos es la de conservar las piezas que constituyen su colección y que son parte del patrimonio cultural colectivo. Pero, ¿qué significa conservar y para qué se conserva?

La conservación es una disciplina dedicada a estudiar los objetos (los materiales que los constituyen, las técnicas con que fueron elaborados, los mecanismos de envejecimiento y degradación que los afectan, etc.), su relación con el medio ambiente y los procedimientos para detener y/o subsanar su deterioro. Su finalidad es alargar el tiempo de vida de las piezas, respetando sus cualidades estéticas y sus valores históricos de manera que puedan trascender en el tiempo y ser disfrutadas y estudiadas por las futuras generaciones.

¿Por qué conservamos? Porque los objetos y los edificios nos hablan del pasado (formas de vida, avances tecnológicos, modas, usos, creencias, costumbres, etc.); nos ofrecen la posibilidad de entender cómo fuimos, definir quiénes somos y, desde ahí, proyectar hacia dónde queremos dirigirnos… Conservamos porque los objetos son las huellas tangibles del pasado y a través de ellos podemos escuchar a las generaciones que nos antecedieron.

El Museo Nacional de Historia resguarda un amplio acervo patrimonial; amplio por la cantidad de piezas que lo conforman (más de 60 000) y también por la variedad de materiales, técnicas, géneros, estilos y épocas que confluyen en él. Además, es un acervo vivo que está en constante crecimiento pues el museo recibe donaciones y mantiene un limitado pero activo programa de adquisiciones. La responsabilidad de conservar en buen estado las piezas que integran la colección es enorme e involucra el quehacer cotidiano de todas las personas que laboran en el museo, desde los trabajadores de intendencia, hasta el director, pasando por museógrafos, curadores, custodios, maestros, etcétera.

Aún así, existe un lugar alejado de las salas de exposición y de la mirada del  visitante en el que las piezas reciben los cuidados necesarios para detener su deterioro: el Taller de Restauración. Ubicado en el espacio que ocupaban las antiguas cocinas del Alcázar de Chapultepec, el taller del Museo Nacional de Historia resguarda los objetos que necesitan  ser intervenidos para asegurar su conservación.

En él, las piezas son estudiadas para conocer su composición físico-química, así como su técnica de manufactura, función, época de elaboración, etc., son analizadas para entender los procesos y mecanismos que participan en su deterioro y, finalmente, son intervenidas para “sanarlas” y asegurar su conservación a futuro.

Para ello el Taller de Restauración cuenta con un equipo de seis restauradores-conservadores que conjugan la preparación académica con el conocimiento emanado de la experiencia y cuyo trabajo cotidiano repercute en salvaguardar la integridad material de las colecciones.

Actualmente, el espacio del Taller está siendo adecuado y su equipo renovado para que pueda estar a la altura de las crecientes necesidades del museo. Entre sus proyectos a corto plazo se encuentra establecer un laboratorio de conservación que coadyuve al análisis y el entendimiento de las obras de nuestro acervo y, ¿por qué no? pueda ofrecer sus servicios a otras instituciones culturales.

Los restauradores del mnh se enfrentan al difícil reto de conservar piezas de naturaleza muy diversa, con problemáticas y necesidades distintas. Por ello, en un día común de trabajo en el taller puede observarse una bandera decimonónica (en proceso de restauración) y, a su lado, un caballete sobre el que se reintegra un retrato de Juárez, mientras que en otra mesa un conservador limpia una charola de plata con el monograma de Maximiliano de Habsburgo, al tiempo que otros restauradores recorren las salas para monitorear las obras en exhibición.

El trabajo de los restauradores es sustantivo y aunque suele realizarse al  interior del taller, trasciende sus muros, extendiéndose hacia el Depósito de Colecciones, las salas de exposición (tanto temporales como permanentes), el edificio mismo (con su pintura mural, plafones decorativos, vitrales, herrería, etcétera) e, incluso, hacia otros espacios museales que reciben asesorías y/o cursos de actualización del personal del mnh.

Para la exposición El buen ciudadano: Benito Juárez (1806-2006) se restauraron diversas piezas. A continuación se describen los procesos realizados en algunas de ellas.



La indumentaria militar de Miguel Miramón

Desde tiempos inmemoriales hombres y mujeres han buscado vestir conforme a la moda, clase social y rango (religiosos, políticos y militares) a los que pertenecen o aspiran acceder, por lo cual han desarrollado y utilizado una gran variedad de estilos y materiales para confeccionar su vestimenta según las épocas y los acontecimientos políticos-sociales.

El acervo del Museo Nacional de Historia está conformado, entre otras piezas, por una amplia colección de indumentaria femenina y masculina, así como religiosa y militar. Dentro de esta última categoría se tienen bajo resguardo importantes piezas utilizadas por personajes de la historia de nuestro país. Éste es el caso de la capa militar del general Miguel Miramón.

Miguel Miramón fue una de las más relevantes figuras de las filas conservadoras durante las turbulentas décadas de 1850 y 1860. Además apoyó el gobierno del emperador Maximiliano de Austria, impuesto por Napoleón III de Francia.

Nació el 29 de septiembre de 1832 en la Ciudad de México. Ingresó al Colegio Militar en 1846 y en 1847 cayó prisionero de las tropas estadounidenses tras la defensa del Castillo de Chapultepec. En 1855 alcanzó el rango de coronel.

Participó en la Guerra de Reforma del lado conservador. En 1859 los conservadores lo nombraron presidente de la República, mientras los liberales sostenían el gobierno de Benito Juárez. Aunque logró algunos éxitos militares, fue derrotado en 1860 por el ejército liberal organizado por Jesús González Ortega. Cuando las tropas liberales tomaron la ciudad de México días después, Miramón huyó a La Habana y después a Europa. Allí fue recibido por la reina Isabel II de España y por Napoleón III de Francia, quien posteriormente impuso al archiduque Maximiliano de Austria como emperador de México. Miramón regresó como gran mariscal del nuevo imperio de Maximiliano en 1863 y en 1866 fue nombrado jefe de la primera división del Ejército Imperial con el cual luchó en contra de Benito Juárez.

Finalmente Juárez derrotó al ejército conservador en Querétaro, donde Miramón fue hecho prisionero y ejecutado junto con el emperador Maximiliano y Tomás Mejía en 1867.

Restauración de la capa del general Miguel Miramón
Por su importancia histórica, la capa del general Miguel Miramón fue trabajada por el Taller de Restauración del mnh para su conservación y preservación. Dicha prenda está elaborada en paño de lana y forro de seda. Cuenta con un sencillo bordado de hilos metálicos en el cuello como única decoración.

Al ingresar la capa al taller, la pieza contaba con un número considerable de faltantes de tela, consecuencia de un ataque de insectos, así como un serio deterioro de la seda del forro a nivel de los hombros y en la capucha. Además, presentaba pérdida de tela en la parte del cuello, que ponía en riesgo de desprendimiento y posible pérdida de los hilos metálicos.

El paso de la luz a través de los orificios evidenciaba aún más el deterioro del paño, por lo que se decidió aplicar pequeños fragmentos de tela para evitar dicho efecto  y disimular los faltantes.

Aunque en restauración el criterio conveniente es utilizar materiales similares al original, en este caso no debe emplearse paño de lana nuevo porque éste, por su técnica de manufactura, genera cierta acidez, la cual puede crear un mayor deterioro al paño antiguo. Por dicha razón se usó tela de algodón y organza para cubrir los orificios y evitar posibles roturas de los mismos. El cuello se trabajó con la misma técnica; sin embargo, para su restauración fue necesario descoserlo del resto de los elementos.

Los forros, tanto el de la capa como el de la capucha, se intervinieron colocando una tela de organza entre el paño y la seda deteriorada para dar soporte y realizar la unión de las zonas rotas con la técnica de riggisberg. Posteriormente se colocó una tela de protección en la capucha para evitar un mayor deterioro de la seda.

Como medida preventiva y como acabado se restituyó parte del forro perdido de la capa con forro sintético para distinguirlo del original y, por último, se unieron todos los elementos para dar fin al proceso de restauración y asegurar su permanencia como herencia para las generaciones por venir.

¿Por qué restauramos las reproducciones de los museos?

En un museo de historia, los objetos son la evidencia testimonial del pasado, testigos que muestran diversos valores y significados de tiempos entrelazados en un discurso museográfico. La explicación de los procesos históricos requiere el objeto museal para ejemplificar y mostrar los acontecimientos, procesos y rasgos humanos como elementos de identidad.

Cuando se habla de reproducciones, copias o facsímiles que sustituyen un objeto “auténtico” en las vitrinas de los museos, se intenta proporcionar al visitante los elementos necesarios para interpretar un hecho histórico, e incluso estético, a través de la comunicación visual que se establece entre el objeto y el espectador.

¿Cuándo se aceptan las reproducciones en los museos? De acuerdo con María Olvido Moreno, pueden señalarse tres casos:

  • El primero es cuando el objeto original ya no existe, es decir, que la pieza original haya desaparecido por completo en su forma física y se cuente con la documentación segura y confiable a partir de la cual se pueda reproducir.

  • El segundo es cuando el objeto original se encuentra depositado en otro lugar y resulta básico para la comprensión o enseñanza de un tema determinado.

  • Y el último es cuando la exhibición del original implique riesgos y peligros fuera de control, ya sea por diversos agentes humanos, como pérdida por robo, disturbios sociales, fanatismos o vandalismo, o bien por los permanentes elementos naturales de deterioro.

En este sentido, el Acta de independencia del Imperio Mexicano de 1824, que forma parte de la exposición “Juárez. El buen ciudadano”, es una copia del documento original que se encuentra en el Fondo Reservado del Archivo General de la Nación. Esta institución realizó varios facsimilares y los distribuyó a varias instituciones, entre ellas el MNH.

La copia resguarda el Museo Nacional de Historia se realizó sobre un papel de origen sintético, el cual se encontraba deformado por las variaciones de humedad y temperatura, presentaba amarillamiento por la incidencia de luz natural, además de tener roturas y faltantes en las orillas.

La restauración del documento se realizó en las instalaciones de la Coordinación Nacional de Restauración del Patrimonio Cultural, bajo la asesoría de la restauradora Marie Vander Meeuren. A grandes rasgos, el proceso de intervención consistió en lo siguiente:

  • Registro gráfico y fotográfico del documento.
  • Limpieza superficial.
  • Pruebas de solubilidad de tintas.
  • Lavado con solventes y prensado entre papeles de algodón.
  • Lavado nuevamente, colocación de refuerzos en roturas y adhesión a una tela de lino.
  • Prensado.
  • Resane de fisuras y faltantes.
  • Reintegración de color
  • Montaje en un bastidor.

María Olvido Moreno Guzmán. Encanto y desencanto, el público ante las reproducciones en los museos. INAH, México, 2001.